Hola amor, vengo aquí a declararte la guerra. El principal y único motivo es que has venido y me has roto los esquemas. Antes era yo y mis ganas, y ahora, eres tú, tú y TÚ y nuestras ganas, nuestras ganas locas de amar.
Llegaste como un gladiador a librar una lucha directa con el león de mi corazón. Y ¿sabes? Le clavaste… le clavaste tal beso que sintió morir de amor. Y le dejaste un boquete enorme para llenarlo después de palabras bonitas que lo infectaran y lo volvieran enfermo terminal de ti.
Pero tengo que admitir que eres buenísimo en eso de obligarme a quererte.
Y en lo de hacerme “chispitas” por dentro. Y en lo de instalar cosquillas en el país de mi barriga, por ombligo y alrededores, llegando a la calle de mis piernas y al cabo del meñique.
¿Sabes? Yo nunca dejé de creer en el amor, pero no creía preciso tener contacto con él, me hacía la dura, iba con una chaqueta de cuero inventada haciéndome la inquebrantable.
Y yo, pobre que quise mantener esa fachada, no me di cuenta de que eras puro amor, una adicción, y, ahora, soy tu mayor yonkie, esa que se inyecta directo en vena tu voz y que si es necesario muere por una noche más.
Y que te quede claro que no eres lo que buscaba, sino lo que necesitaba.
Por último, perdóname por no saber explicar de la manera correcta que te mereces todo, por no tener palabras suficientes para decirte que te quiero.
(eres la armonía del caos de mi vida)








