Viajar, la libertad, los sueños... eso representan mis tatuajes.
Advierto que hay muchos mitos sobre los tatuajes como que si tienes alguno ya no te puedes hacer radiografías (¡mentira!) o que no puedes donar sangre (sí puedes pasados tres meses). Así que antes de suponer cosas buscadlas, que no os engañen.
Lobito y yo no estamos en este momento en la misma órbita. Los astros pueden quererse mucho
pero si no toca aún el eclipse, no queda más remedio que esperar.
Escribo esto desde Nuestra Ciudad, con
todo el saco de nostalgia que eso supone. Oliendo a él en cada
calle. Mirando las luces de su guarida, encendidas, pero sabiendo que
no es él el que ahí se refugia. No quería escribir desde aquí,
las palabras adoptan otra forma entre toda esta nebulosa de recuerdos
pero lo cierto es que necesito hablar sobre nosotros porque así es
como si también le hablara a él.
Sin quererlo o queriendo pero sin
decirlo, sé en qué punto cardinal se encuentra Lobito. Qué voy a
hacer yo si la información me llega antes de que pueda frenarla. Yo
no he montado ninguna agencia de espionaje, ella se ha montado sola y
me ha elegido como cliente favorita. Últimamente estoy muy positiva
y me quedo con la parte buena: es gracioso saber que ha pisado
nuestras baldosas apenas 24 horas antes de que yo lo haga. Es
gracioso que hayamos decidido volver a Nuestra Ciudad en la misma
línea del calendario sin saberlo, sin haberlo planeado. Estamos
conexos sin remedio, aunque pueda
llegar a fastidiar.
Me gusta seguir paseando por las noches
cuando vuelvo. Aunque sea sola, me gusta. No tanto, pero me gusta.
Con menos magia sin él, pero me gusta. He desarrollado un gusto por
lo conocido. Por esas obras paralizadas de siempre, por ese graffiti
de siempre, ese bar de nombre rancio de siempre, ese descampado donde
soltábamos a correr a los perros de siempre, ese parque de siempre,
esa calle en cuesta de siempre, la avenida, la estación de buses, el
ayuntamiento, esa curva, las calles solitarias y amarillentas de madrugada y...
de siempre.
En el camino de vuelta, desde que
empiezo a ver su casa camino más despacito. En lo que más me fijo
siempre es la puerta, mi escena favorita de esta película es cuando
salía corriendo de ella y nos escapábamos en mi coche hasta que se
nos agotara el reloj. La miro desafiante, retándola a un “venga,
sorpréndeme”. Ella suele ganar.
Luego las paredes desaparecen y me
paseo por su interior. Hay una importante reserva de paz ahí,
subiendo la escalera a la izquierda más concretamente. La usaremos
para cuando el mundo esté a punto de morir de guerra.
Me encantaba su habitación, y mira que
habíamos estado en sitios especiales, pero su habitación me parecía
un refugio y lo mejor es que creo que para él también lo era cuando
yo estaba en ella.
Solíamos acampar allí y nos bastaba.
Teníamos una cama y nos bastaba. Poníamos cualquier serie en la
pantalla y nos bastaba. Él tenía su guitarra, yo mis oídos, mi voz
y mi sonrisa y nos bastaba.
Mi música preferida a día de hoy
sigue siendo él rasgando los acordes en su guitarra. Su facilidad
para sacar cualquier melodía. Canción que le pedía, canción que
me tocaba (o se aprendía para el día siguiente). Tenía complejo de
tocadiscos, de radio de los 80, de músico callejero, de banda sonora
de mi vida.
Tenía complejo de amor de mi vida.
Su guitarra inevitablemente me lleva a
nuestros tiernos trece años, cuando nos acabábamos de conocer y él
ya me invitaba a casa para tocar, y yo -que nunca había
cantado delante de nadie- me ponía a entonar “Que parezca un
accidente” de Pereza. Y él siempre pronunciaba mal eso de:
“Voy
a volcar lo que quiera,
es
lo que haría Frank.”
Nos sentábamos cada uno en una punta
del sofá porque estar cerca nos daba vergüenza. Pero no se puede
huir de alguien a quien te une tanto, el tiempo -mucho tiempo- hizo
su trabajo y esas uniones nos fueron acercando hasta que ambos
ocupábamos el mismo hueco del mismo sofá: yo encima de él
comiéndomelo a besos y él mirándome con la ternura con la que
siempre me ha mirado, y sin la que ahora no sé vivir completa. Me
faltan sus ojos mirándome con la luz tenue y con el sol a mediodía,
me faltan sus ojos diciéndome cuánto me quiere, qué cosas le
preocupan, contándome alegrías, escuchando las mías, sintiendo mis
penas. Me falta todo Lobito y toda la seguridad que me daba hacer
cualquier cosa con él. Puse mi corazón en sus manos y pondría
toda mi vida porque sé que, allá donde él vaya, siempre va a hacer
todo lo necesario para cuidarlo.
Lobito, he entrado en nuestro refugio
hoy, ese que no visitamos juntos desde hace tiempo, ese que a veces
compartes y no es conmigo. Me he colado porque aún es un poco mío,
lo siento, a mi nadie me quita la soberanía de esas paredes.
Busca, Lobito, se me han quedado por
allí algunas palabras. Me he vuelto a dejar algo de mi porque todos
los hologramas que allí viven necesitan compañía. El de nuestro
primer beso, el de la primera vez que te llamé Lobito.
Si alguna vez he creído ciegamente en
algo sin tener pruebas científicas sobre ello es en la Ley de la
improvisación. Esa que te empuja por los riachuelos de las
casualidades, las corrientes de las corazonadas y que finalmente
-normalmente- desemboca en una noche inolvidable. Inolvidable porque
también era inesperada y suelen ser dos características que se
retroalimentan.
Dentro de esta Ley nosotros éramos los
mayores científicos. Bueno, Lobito era el de ciencias, yo era algo
más de letras como la divulgadora. Sea como sea, hacíamos buen
equipo.
La mayoría de nuestros recuerdos
vienen de dejarnos llevar por ese mar. Simplemente nos encontrábamos
en las baldosas de nuestras calles y las cosas empezaban a suceder.
Era mágico, de repente estábamos juntos y era como si todo un
mecanismo se pusiera en marcha. Nos mirábamos y a la vez que
nuestras pupilas se conectaban, lo hacía todo el circuito de
casualidades que nos iban a llevar a sitios que aún no sabíamos
dónde estaban. Después de tanto tiempo fue imposible no notar que
algo sucedía cuando Lobito y yo estábamos frente a frente. Él
también lo sabía. Alguna vez hemos hablado de ello pero muy
susurradamente porque no queríamos entrometernos demasiado en los
engranajes; no nos hacía falta entenderlo, simplemente nos sentíamos
privilegiados de poder vivirlo.
Una de esas noches Lobito propuso
llevarme a ver las estrellas en un "cañón". Yo me imaginé el Cañón
del Colorado. Giré la cabeza
buscando instintivamente por los alrededores, claro que no iba a
verlo pero no sé, pensaba que podría detectarlo, como si de pronto
fuera a resaltar por el horizonte. Lobito me guió. Le encantaba
enseñarme lugares nuevos y yo adoraba que me compartiera sus
rincones. Muchos los descubría solo y otros muchos acompañado de su
otro jefe de manada. A mi me erizaba los sentidos el hecho de que
fuera capaz de conocer tantos lugares especiales dentro de aquel
desierto tan común y rutinario. Me sorprendía y a la vez no: era
Lobito, había nacido para encontrar ese tipo de cosas, creo que las
personas con chispa tienen magnetismo hacia los lugares eléctricos.
Cada vez que me descubría un nuevo lugar comprobaba que él era todo
un cúmulo de chispitas y no veas la sonrisa única que sale cuando
sabes que estás con una persona única.
El cañón resultó ser un
micro-paisaje de arenisca y sedimentos, era como si una muestra de
Colorado se hubiera depositado allí. Lo recuerdo con piedras rojizas
y el cielo parecía más profundo de lo normal.
Quizás si volviera ahora, vería la realidad: que era un secarral
lleno de barro. Pero yo que sé, en las noches con Lobito era muy
fácil subir de nivel todo.
Nos tumbamos sobre una roca plana y
miramos el cielo. Él sabía de astronomía, no era un experto pero
partiendo de que yo sabía cero coma uno, él me lo parecía.
Para mi siempre ha sido un tipo muy sabio, me lo imaginaba en
retratos tipo grabado como los de Da Vinci o Miguel Ángel, pero
poniendo alguna cara idiota -qué idiota es-
Me indicó algunas estrellas y
constelaciones, la verdad es que podría habérmela colado totalmente
porque ni idea. Pero Lobito no era el típico capullo que se hace el
entendido sobre estrellas solo para impresionar. Bueno, después de 5
años no necesitaba impresionarme con esas gilipolleces, no
necesitaba fingir ser algo que no era porque él era todo lo que
otros necesitaban fingir.
Después de haber ido enlazando temas y
seguir descubriéndonos el uno a través del otro, nos fuimos.
Abandonamos el cañón no por aburrimiento o porque la noche se nos
hubiera agotado -como de costumbre- la razón esta vez fue que los
mosquitos actuaron a modo de proyectil contra mi y vaya, salí hecha
un papel de burbujas. Las picaduras además me hicieron reacción y
al día siguiente iba luciendo unas bonitas piernas veraniegas con
tumultos que parecían radioactivos. Cuando me
vio al día siguiente se rió de mi y de mi desgracia. Menudo cabrón, cómo le gustaba verme fruncir el ceño y cómo me gustaba verle esa cara de pillo.
Os voy a contar la historia de Lobito
porque de alguna manera tengo que sacarme de dentro todo esto que no
me está dejando arrancar de lleno. No me quiero olvidar de Lobito,
esto no es una terapia anti-fieras, solo necesito descargarme del
peso que provocan nuestros recuerdos para ver si así puedo seguir
adelante. Tampoco es como que sea capaz de olvidarme de él, no es
tan fácil.
Lobito es una persona complicada pero
lo cierto es que yo lo he sido mucho más que él durante todo este
tiempo. Llevamos casi siete años de historia y como en toda
historia, hay guerras y tratados de paz y también, por supuesto, hemos tenido nuestros Felices años 20con su correspondienteCrac
del 29y la Gran Depresión, de la que -claro- nos recuperamos varias
veces.
Lobito y yo hemos sido todos los
fenómenos meteorológicos que podáis imaginar. Pero eso es fácil
porque bueno, él es un fenómeno. Tormentas y huracanes han pasado
por la ciudad sin que nadie más se de cuenta, pero también han
habido muchos mares en calma que puntualmente brotaban en tsunami y
otras que solo quedaban en una ligera subida de marea. También nos
hemos hecho desierto y tormentas de arena. Aunque sin duda, lo que
más hemos hecho Lobito y yo ha sido mojarnos en muchos sentidos:
empaparnos en lluvia, decirnos lo que a nadie más le hemos dicho y
ponernos muy calientes.
La mayoría de nuestra historia ha
tenido lugar en Nuestra Ciudad. Nuestra y de nadie más. Porque la
verdad es que hemos lanzado todo un hechizo que hace que el resto del
mundo no pueda ver las calles como las vemos nosotros. Existen
nuestras calles y las calles de los demás.
La ciudad donde nos
encontramos era fea de cojones, en serio. Pero
Lobito y yo las transformamos, no fue un trabajo fácil, fueron muchos
paseos nocturnos y e incontables aventuras. Nuestra Ciudad tiene el
récord de cantidad de recuerdos por metro cuadrado y estamos tan
orgullosos de eso. Cuando vuelvo a mi ciudad también vuelvo a
Nuestra Ciudad, es un viaje en dos, espero que algún día podáis
hacer uno. La verdad es que caminar por ese asfalto me llena de
nostalgia y una felicidad triste porque sin él pues... es feliz
-porque así lo construimos- pero su ausencia deja demasiadas puertas
abiertas a sentirse vacía y en consecuencia, triste.
Cuando conduzco con mi coche las cosas
se aceleran y ralentizan aún más. Se acelera el proceso de
reproducción de nuestros momentos y se ralentiza el tiempo para
apreciarlos mejor. No sé cómo explicaros, pero Nuestra Ciudad está
llena de hologramas de todos los besos que nos hemos dado, de aquella
rama del árbol que partió por hacer el mono, de esa idea de
pintar la gran pared blanca con una frase bonita, de escaladas por
edificios, de charlas en los parques, de comida a las tantas de la
madrugada, de derrapes en descampados abandonados, de estrellas en
edificios en ruinas y de quitarnos la ropa en caminos de tierra. Nos
veo por todos ladosy sé que nos hemos hecho inmortales porque
otros, todos aquellos que consigan vivir el amor, nos verán por ahí
retozando.
Yo vuelvo de vez en cuando, me hago ese
viaje en el que conforme cada kilómetro que me acerco puedo empezar
a notar la densidad del aire en el que nos dejamos tanto aliento. Él
vuelve menos. Ahora mismo ninguno vivimos allí, yo -como he dicho-
soy incapaz de olvidarnos, de olvidarle. Pero tengo miedo de que él
sí lo haga. De que un día deje de vernos. De que un día deje de
quererme a quemarropa.
Tampoco os voy a mentir, escribo esto
para sacármelo de dentro y también tengo la esperanza de que Lobito
lo lea y entienda que yo siempre voy a ser su Luna porque estamos así
unidos. En otro momento le invitaría a casa o me colaría en la suya
para recitarle estas líneas, o le llamaría y le diría “tú, mira
mi blog que te he dejado un regalo” o probablemente él me llamaría
y me diría “oye, me haces chispitas”. Pero ahora Lobito y yo
estamos en pausa, yo lo sé y también sé que él lo sabe. Siempre
hemos sido de hacer tratos sin palabras, no te hacen falta las
palabras cuanto te entiendes así con una persona. Yo le he dejado
tanto de mi y él tanto de sí que es imposible no estar conexos.
Tampoco le he pedido permiso, pero ya
os digo que esto le va a encantar aunque puede que no sea capaz de
leerlo muchos días por la hecatombe que desprenden nuestras
historias. No siempre apetece desencadenar un terremoto, a mi no me
apetece si no estamos juntos para ser el epicentro.
Por si acaso me lee:
Lobito, te quiero.
Esto es mi lucha por ti.
Ya sabes que no puedes pararme.
( t u s a l t a v o c e s l o e s t á n p i d i e n d o )
Lobito y Luna - 0 Llevo mes y medio en el mismo lugar a
pesar de haber hecho más de 1600 kilómetros en estos (largos)días
sin ti.
Me he quedado mirando las sombras de
los flamencos y la luna reflejada en el agua. La música de fondo a
lo lejos y tu voz bien cerca. Y la mía explicándote por qué te
quiero tanto y por qué me dueles más aún. Y tú entendiéndolo
todo:
«qué estúpido que tú y yo no estemos juntos usando este
amor que no se gasta»
Me he quedado allí, en ese trozo de
tierra donde juntos sobrevivimos la madrugada más difícil -y mira
que he luchado noches tormentosas- esa en la que por fin te dejaba
libre y yo, a cambio, me quedaba encerrada.
Me he quedado contigo a mi lado, con tu
mano sobre la mía, con la mía apretando la tuya porque la vida así
es más posible e inflamable.
Me he quedado con todas las cosas que
aún quiero decirte en las cuerdas vocales y con todos los besos en
los labios. Estoy durmiendo con todo lo que aún necesito que sepas,
con todas las descripciones que aún tengo sobre la forma en la que
nos queremos y qué pequeña se hace la cama. No me cansaría jamás
de detallarte el hueco que tiene mi vida con tu forma, aquí
esperándote para cuando quieras ocuparlo de nuevo.
No puedo cansarme de quererte porque no
me recuerdo sin hacerlo.