Tú no lo ves,
pero tengo un corte en la yugular que brota a borbotones
y me falta una mano
por habérmela quemado en el fuego que no tocaba.
Dependiendo del día, me quedo un poco ciega,
cojeo, o se me caen los colmillos.
También tengo una cicatriz en la ceja
que se empeña en ponerse a la altura del pecho,
y me quedo muda
cuando los días empiezan a durar menos.
Aún así insistes
en que beba de ese agua sin olerla
y duerma sin dejar un ojo abierto.
Me tiendes la mano
como empapada en agua oxigenada
pero las heridas que me quedan,
las quiero abiertas.
Ya las cerraré cuando sepa
con qué poema coserlas.
Me preguntas demasiado
para lo poco que te gustan las respuestas:
No, no somos almas gemelas por escuchar ambos a Pereza.
No, no quiero que me invites a esa cerveza.
No, no quiero que te plantes en mi puerta.
Sí, me quiero aun descompuesta,
porque desde que soy dueña de mis pedazos
estoy más entera que nunca.
Así que no insistas,
porque no me has visto meterme en la boca del lobo
y salir aulladora,
ni me has visto pillarme el corazón en trampas,
casi ahogarme en dolores
y aún con todo,
salir a pie,
a flote,
cicatrizada
y con la trenza bien alta.
Entiende que si no dejo que me cuiden,
es porque nadie lo va a hacer mejor que yo.