domingo, 5 de abril de 2015

El muro de Madrid


He aprendido que la frialdad de una ciudad no está precisamente en los termómetros. Está en los muros que hay entre la gente.

Por aquí no existen los
“descúbreme despacito y con mimo, pero por favor, descúbreme”
por aquí se va con armadura y miradas letales que avisan
“no te acerques”

Que el invierno no es eterno por naturaleza pero la gente lo siente inmortal y así sucede, una escarcha perenne.

Quizás siento frío de más porque he pasado demasiado tiempo quemando momentos con pirómanos de experiencias expertos en hacer que nos amanezca. Quizás también porque echo de menos mi coche, pero de ese ya te hablé. O porque estoy hecha de desierto, de arena movediza que no sabe estar quieta y absorbe los momentos para hacerlos parte del oasis.

Desorientarse es que de repente no haya camino bueno o malo porque simplemente ya no hay más camino a seguir. Tener todas las posibilidades pero no saber por donde empezar, o si quieres empezar. Conectar en stand by con el mundo. Apretar el interruptor a medias y que la luz parpadee. Querer pisar el acelerador y embrague a la vez. Sobrevivir un viaje con 4% de batería. Comenzar a subir el monte sin linterna. Quedarte pillado en la aduana a propósito.

Estoy desorientada, sí, pero sé dónde estoy. Estoy en el centro de un montón de cosas que tengo lejos. De un montón de personas a las que les pondría una orden de acercamiento “Prohibido estar a más de una ciudad de distancia”. Pero bueno, yo es que por mucho que me mueva siempre estoy lejos de lo que quiero.

Madrid va a matarme y, a veces, me dejo.
Se me está apagando el fuego y me quedan muy pocas ideas para reavivarlo.
También puede que se me estén olvidando.

Por aquí sois todo muros de Berlin y yo estoy demasiado cansada para otra guerra.
Estoy cansada de esperar a sentirme de algún lugar, de llegar a un sitio y comenzar a mirar casas con vistas bonitas en otro.

Madrid, yo no te voy a querer pero tampoco te hace falta. Tienes conquistado a medio mundo, todo un catálogo de amores platónicos sobre ti, a veinteañeras con complejo rockstar deseando tomar cerveza por la Latina, a poetas recitándote por Malasaña y escribiendo sobre lo bonito que te quedan las faldas de las chicas, a quinceañeras saltando en tus conciertos del Palacio de los Deportes, a fotógrafos que dejan la cámara a un lado para mirarte directamente la vida de Gran Vía, a media juventud creyendo en ti como refugio.

Madrid, yo no te voy a querer nunca, pero tampoco te hace falta. Solo te pido que no me asfixies, que nos reconciliemos y ambas nos dejemos respirar.

sábado, 14 de marzo de 2015

viernes, 20 de febrero de 2015

quemar rueda.

Echo de menos mi coche para tener dónde comer pizza, dónde besarnos y dónde follarnos. Para poder ir a la playa, dejarlo en la orilla, poner las luces, coger un disco cualquiera y el volumen lo suficientemente alto como para escuchar las olas pero no los problemas.

Echo de menos conducir dirección a un concierto, a comer con mamá, a ver a la abuela, a tu casa, a mi casa, a verte salir corriendo del portal a las dos de la madrugada y, seguramente, no volver hasta que se nos agote la noche.
Y lo mal que estás de la puta cabeza.

Echo de menos verte con la luz naranja de las farolas, el reflejo verde de los semáforos y el rojo de “unos segundos para meterte mano.”

Echo de menos llenarlo de tantas maletas que subir cuestas ya no se le haga fácil, y poner rumbo, y encallarlo, y sacarlo, y volver a poner rumbo. Y joder, que no nos queda gasolina, pero sí muchas ganas.

Echo de menos llegar, y bajar corriendo, dejando las llaves dentro porque tus brazos esperan fuera y están muy vacíos sin mi acurrucándome en ellos. Recogerte en cualquier momento porque nuestras agujas del reloj son “me apeteces” y “ahora”. Y al segundero ni le daba tiempo a aparecer.

Echo de menos quemar rueda mientras nos queremos a quemaropa. Meter quinta con tu mano sobre la mía y la sexta ponerla nosotros cantando Pereza a toda voz y desafinando:

“Ardió el colchón
donde tú y yo
mojamos nuestros flacos huesos secos
tiritando
y un amor tan prieto y dulce
como no pensé que habría algo tan dulce como tú”

Echo de menos mi coche y los “hay que descubrir ese sitio” a modo de pasaporte.
Y sobre todo echo de menos que esta fuera la única manera en la que la distancia ya no importara y siempre fuera capaz.


     donde huir era fácil y encontrarse aún más     

jueves, 15 de enero de 2015

miércoles, 14 de enero de 2015

Soy un laberinto y no me acuerdo de la salida.

Que denso el aire esta noche.

“No te asustes (de mi)” te digo mientras me pesan los hombros aunque después las agujetas salgan en el corazón. Nadie debería cargar con noches como esta, yo tampoco, pero aquí estoy. A veces creo que Sabina debería haber escrito más de 500 noches, porque a mi ya se me quedan cortas.

Contigo me pasa eso de querer ser la mejor de la clase y no conseguir pasar del cinco. Quiero decir, quiero hacerte bien y hacerme bien en ti, pero sin embargo te dejo estar en las madrugadas en las que necesito devorar tres libros y medio de poesía, sin ni siquiera saber de verdad si entiendes lo que la poesía significa para mi. Aún no te he hablado de Neruda. No es una estrategia eficaz esa de querer que me quieras mostrándote todo lo malo de mi y nada de lo bueno. Tengo ciento cuatro tipos de sonrisas y sin embargo solo conoces la nostálgica y la triste. ¿Qué estoy haciéndo/te/me? Teme.

“Estoy aquí” y el problema es que no lo estás. Quizás todo radica en que no sé tenerte allí. Contigo no me bastan las palabras, el hueco que me escuece se llama querer abrazarte.
¿Sabes esas veces en las que te dicen que cierres los ojos y camines recto? Tengo ese miedo. Todo es muy gaseoso entre nosotros y yo me esfuerzo en caminar como si fuera sólido, como si nosotros lo fuéramos. Como cuando miras las nubes y sabes que no puedes saltar sobre ellas pero te empeñas en creer que sí. Me estoy rayando, porque de verdad siento que hay rayos entre estas cuatro paredes hoy. Si seguimos hablando del tiempo te diré que las inseguridades son la niebla entre nosotros dos.

Te estoy asustando. Y lo entiendo, sería injusto pedirte que dieras más de ti por mi.

Esto tampoco me gustaría que lo vieras. No sin que antes escucharas uno de mis reír sin poder parar, que me vieras dando botes de alegría, cantando a todo pulmón, o conduciendo hacia la playa con el sol dándome en la cara por un lateral. No me gusta que me leas así cuando antes no has conocido mis buenos días de hiperactividad, lo que me gusta hacer la idiota y que me sigas el juego, no sin que sepas que estoy dispuesta a hacerte el desayuno y a sacarte a bailar la sonrisa en los días más difíciles. Soy capaz, pero no lo sabes porque simplemente no te lo he dejado ver. Y qué idiota me siento.